miércoles 22 de febrero de 2012

7.- Juegos y otros deportes

Jugaban con pelotas de fibra de papiro recubiertas de cuero, tanto a lo que hoy denominaríamos balonmano como jockey (con una rama de palmera). Levantaban sacos de arena o piedras para ejercitar la fuerza. A los faraones y es de suponer que a la clase dirigente también, les encantaba la caza de animales salvajes o casi, como leones toros o hipopótamos (recordemos que Menes fue atrapado por un hipopótamo y o bien murió o le salvó un cocodrilo por ser un dios). En cuanto a carreras, la más famosa era la del faraón en el festival Heb Sed, cuando tenía que demostrar su vitalidad. Pero había otras de más o menos distancia y alrededor de los templos, en las que hasta el faraón participaba y claro, en esas condiciones, siendo vos quien sois y temiendo las consecuencias, solía ganar. Nada nuevo.


Se habla así mismo de una carrera entre Menfis y el oasis de El Fayum donde los corredores salvan una distancia de unos 100 kilómetros en el tiempo de 8 horas. Sirva este ejemplo para comentar que los escribas de la antigüedad, como los periodistas de la actualidad mentían porque se equivocaban de buena fe o porque directamente hacen valer sus preferencias y prejuicios. A ver quién es capaz de correr en la actualidad y con todos los condicionantes a favor, en pleno desierto, una distancia tal sin morir en el intento. Como diríamos ahora: ¡menos lobos caperucita!


Saltaban longitud o altura colocando a dos competidores o compañeros de fatigas, sentados con los pies casi en contacto y las palmas de las manos tocándose, mientras que un tercero saltaba sobre ellos. Se dice que hay lugares en la actualidad que se practica algo parecido y se llama “gallina de los pasos”.


El lanzamiento de jabalina, la lucha, el tiro con arco, la equitación o carreras de carros, formaban parte de las enseñanzas básicas para la guerra defensiva u ofensiva. La caza de aves con un palo de forma y uso parecido al boomerang australiano actual.


Hubo un faraón que descolló por encima de los demás en cuanto a sus cualidades deportivas y no fue otro que Amenhotep II, fallecido a los 26 años ( hay varias cronologías, una esta: 1438 – 1412 a.n.e. dinastía XVIII) pero con tiempo suficiente para haber pasado a la Historia como un gran guerrero y un gran deportista, destacando en remo, equitación y tiro con arco, especialidad esta última donde obtuvo las mejores crónicas y o bien el escriba mentía o era capaz de atravesar una placa de cobre de seis centímetros que le ponían de diana. Aquí recuerdo lo dicho sobre los intereses o las mentiras involuntarias. Tiene la gloria de apuntarse durante su reinado el éxodo de los judíos. De haber sido cierto, porque se pone muy en duda, ya que si algún día fue tal, había que atribuirlo en el reinado de Ramsés II o Merenptah doscientos años después.


La natación, en el rio directamente, como todo el mundo, aunque es de suponer que si no había piscina en el Jeneret, en el rio les acotasen unos espacios libres de bichos comedores de hombres o molestos, que para eso eran semidioses o hijos de uno. Así que la pesca deportiva y la natación estaban a la orden del día. El remo en ligeros barcos, precursor del piragüismo moderno, completaba una lista enorme de prácticas deportivas a las que se aficionaba a la prole desde la infancia. Matar el tiempo como siempre y cultivar el cuerpo. La mente era otra cosa.


Y para ejercitar ésta, tenían otras cosas como los juegos de mesa y uno de los mismos, el de Senet, es considerado por mucha gente como precursor del ajedrez actual, del que no se sabe muy bien su procedencia y que está rodeado así mismo de mitología, de casillas, sabios y trigo.


Este juego – como casi todos los que practicaban – estaba relacionado con el placer pero también con el más allá. Recordemos que la religión y la muerte fueron factores fundamentales de su existencia. Pues bien, el Senet era practicado por todas las clases sociales desde siempre y hasta que los romanos invadieron Egipto. Su nombre viene a significar “tránsito” o “pasaje”


Los elementos materiales del juego eran el tablero de treinta casillas sobre el que se colocaban 12 piezas similares a los peones del ajedrez, cinco más de forma cilíndrica y otras siete cónicas y por desgracia desconocemos la estrategia y la táctica del juego y por más decir, se desconocen hasta las mínimas reglas, pero como ocurre con las tablillas de arcilla sumerias y sus constantes descubrimientos, confiemos en algún papiro escondido que desenmarañe la forma en que se jugaba.


De su práctica y expansión entre todo tipo de clases sociales nos dan noticias los escritos, mencionado en el capítulo XVII del Libro de los Muertos o las pinturas como la que nos presenta a Nefertari jugando con el “invisible” en la pared de su tumba. En cuanto a ejemplares tangibles, hay multitud repartidos por varios museos europeos y egipcios.


Había otros juegos de mesa: el de las “veinte casillas” en el que se empleaban cuatro piezas, dos con la cabeza de Anubis y otras dos con la cabeza del dios enano Bes y la suerte la repartía una taba (astrágalo) que hacía de dado. Se completaba con unos palitos que se lanzaban contra los “dioses” tratando de su derribo.


El “juego de la serpiente” se realizaba sobre tablero con dibujo de serpiente enrollada y de cuerpo compartimentado, antecesor de nuestro juego de la Oca y práctica similar, donde podían competir hasta seis jugadores que trataban de llegar de cola a cabeza con fichas de marfil.


sábado 4 de febrero de 2012

6.- El primer Centro de Alto Rendimiento

Volvamos al deporte.

Como tenían mucho tiempo libre y bastantes conocimientos y el río no estaba jugándosela de continuo; como tampoco estaban a diario construyendo monumentos colosales en todos los rincones, es de suponer que sin televisión ni papiros al alcance de todos, pues se dieron en emular lo que hacían sus dioses faraones con su tiempo y esto no era otra cosa que practicar la caza y la pesca, las carreras rituales, prácticas de autodefensa y ataque con arcos y lanzas, juegos de pelota y cuando la climatología obligaba, algún que otro juego de mesa e interior.



Centro de Alto Rendimiento
Se llamaba Jeneret que viene a significar “lugar cerrado” donde se toca música o se lleva el ritmo. Era este un invento excluyente y diferenciador que se procuraron las clases dirigentes por y para perpetuarse. Un lugar cerrado fuera de palacio, pero en las inmediaciones, donde moraban la madre del faraón y las esposas de éste – principales y concubinas – con sus hijos.

Todo un tropel de gente bien y “guapa”. Sin duda ni temor a equivocarme, pienso que por los patios adyacentes correteaban los chiquillos y entre clase de religión o de estrategia, entre peleas y descansos, entre ritos y gozos, comenzaron a practicar sus habilidades y a competir entre ellos para saber y determinar su posición ante su padre y demás ralea. Es una cuestión instintiva agazapada por la civilización y a la vez transformada para llegar al punto de no tener que descalabrarse en peleas inútiles cuando podemos establecer unos baremos o reglas admitidas por todos.
En las inmediaciones de este primitivo CAR (pero no menos efectivo) desarrollarían sus funciones por este orden los sacerdotes y los médicos, la nobleza y los dirigentes del estado, los escribas y un poco más alejados en sus viviendas y lugares de influencia, los artesanos, los comerciantes y el ejército. En los campos circundantes, los campesinos y los siervos y en los confines o donde podían y les dejaban, los pocos esclavos que los egipcios poseían, si es que tenemos en consideración que las guerras a este paraíso vinieron bastante tarde.

Esta gran civilización tenía consolidada la igualdad de hombre y mujer. Sería en el trascurso de los siglos que primero los asirios y luego griegos, romanos, cristianos y musulmanes, acabaran con ese apetecible estado social.

Pues bien, a pesar de ellos, en el Jeneret la jerarquía recaía sobre la Primera Dama, la venerable, mientras que las demás constituían el “Ornato Real”. El trabajo de las niñas, como su aprendizaje, iba dirigido a las “labores de su género” como diríamos en la actualidad: danza, tañer el arpa, el laúd o la flauta, elaboración de hermosos útiles de belleza y aseo y confección de vestidos. Se supone que las enseñarían a leer y escribir jeroglíficos. Además de CAR, ejerció mucha influencia en todo lo tocante al estado y se constituyó en el “modelo del harén oriental” hoy en día muy desprestigiado por la moral victoriana – que le comparaba con el harén otomano – que tanto daño ha hecho y hace a nuestra sociedad.

Los niños españoles de mitad del siglo XX jugábamos a las mismas cosas que los de hace 5000 años en Egipto. Solo cambiaron los medios, pero no la esencia. Niños de la calle se decía y con juegos como las carreras, la pelota, saltos, baños en los ríos o las tabas. Cuando nos dejaban montábamos a caballo o fabricábamos arcos y flechas con varas de castaño.

En el Jeneret se perfeccionaría y entrenarían las cualidades para vencer en los deportes que vemos en muchas inscripciones y en muchos monumentos. Se practicaba con asiduidad la lucha libre, pesas, salto de longitud, natación, remo, tiro con arco, pesca, atletismo (aunque aún no se llamaba así). El futuro faraón y los dirigentes criados a su alrededor, tenían que ser los mejores y además parecerlo para lo cual hasta uniformes de equipo habían establecido, árbitros y reglas. Y si los deportes eran individuales, los que accedían a la final recibían su premio, uno por ganar y otro por su espíritu de lucha ya que no había competición como entendemos ahora. Se trataba de mantener el cuerpo en forma

5 - EGIPTO

Fueron los egipcios los primeros en dar sentido al término deporte tal y como lo entendemos en la actualidad o con diferencias no muy relevantes. En un principio se trataba de ejercitarse para la supervivencia, más tarde para la defensa de otros agentes que pudieran agredirles, luego la injerencia en asuntos externos y por fin el placer y consumo de las endorfinas almacenadas en épocas de bonanza.



De la tosca y corta lanza con pica de sílex al venablo que se arrojaba contra los animales en carrera, de aquella que servía para agredir al enemigo hasta la jabalina actual, posiblemente transcurrieran tantos siglos como entre las flechas del cazador ancestral a los modernos arcos fabricados con resinas sintéticas. Pero todo sirve, primero para mantenerse vivo en la región conquistada y luego de atravesar las históricas fases mencionadas, para vivir con calidad.



Aquellos H. Sapiens que salieron del Valle del Rift para dirigirse al norte, siguieron el curso del gran río de África, el Nilo, alma y cuerpo de “nuestra civilización” y del oasis que suponía tener buenas tierras de cultivo, agua y un clima templado siempre que se alejaran de los rigores y la aspereza del circundante desierto.



Un vergel definido por Herodoto[1] como “regalo del Nilo” y que daría sentido y forma de ver el mundo a sus habitantes, pero que tuvieron que adaptarse a él desde un principio.



….. acerca de este país discurrían ellos muy bien, en mi concepto; siendo así que salta a los ojos de cualquier atento observador, aunque jamás lo haya oído de antemano, que el Egipto es una especie de terreno postizo, y como un regalo del río mismo, no solo en aquella playa a donde arriban las naves griegas, sino aun en toda aquella región que en tres días de navegación se recorre más arriba de la laguna Meris …..



Al igual que Herodoto, Diodoro de Sicilia[2] cita las crecidas del Nilo como la fuente principal de riqueza agrícola y clave de la prosperidad de este pueblo:



……. el Nilo tiene especies de peces de todas clases e increíbles por su abundancia; a los nativos, no sólo les proporciona el abundante provecho de los recién capturados, sino que también les suministra una cantidad inagotable para la salazón. En general, en beneficios a los hombres, supera a todos los ríos del mundo habitado. Da comienzo a su desbordamiento a partir del solsticio de verano hasta el equinoccio de otoño y, aportando siempre nuevo limo, empapa por igual la tierra inculta, la sembrada y la plantada, tanto tiempo cuanto los agricultores del territorio quieran. Como el agua discurre mansamente, lo desvían fácilmente con pequeños diques y de nuevo lo reconducen cómodamente cortándolos cuando se cree que es conveniente. En general, proporciona tanta facilidad de ejecución a los trabajos y beneficios a los hombres que la mayoría de los agricultores, colocándose en los lugares ya secos de la tierra y lanzado la semilla, conducen por encima sus ganados y, pisoteando con ellos, vuelven para la siega después de cuatro o cinco meses y algunos, removiendo mínimamente con ligeros arados la superficie del territorio mojado, recogen montones de frutos sin mucho dispendio ni esfuerzo. En resumen, toda la agricultura se practica entre los otros pueblos con grandes gastos y fatigas y, sólo entre los egipcios, se recolecta con pequeñísimos dispendios y trabajos.



Y para finalizar con algunos de los sabios antiguos que se devanaron con Egipto, citaré al otro gran historiador que nos relató una historia y la cronología de los faraones: Manetón de Sebennito, sumo sacerdote de Serapis durante la dinastía ptolemaica en tiempo del soberano Ptolomeo II, que nos legó una Historia de Egipto en lengua griega, para desbravar a éstos, decía él. Pero solo se conservan fragmentos de la misma incrustados en la obra de otros autores, interesados las más de las veces en deformarla conforme a sus intereses, bien por nacionalismo o por religión (nada nuevo por otra parte). Así mismo se le atribuyen otras varias obras, nueve en total, puestas en duda por la historiografía moderna.



Todo aquel espacio dividido en dos: Alto Egipto desde Menfis hasta la primera catarata y que se dio en llamar “tierra de la cebada” en época faraónica. Y Bajo Egipto, entre Menfis y el mar Mediterráneo: el Delta. Dos reinos independientes unificados por Menes allá por el año 3050 antes de nuestra era, siendo el origen y punto de partida de las posteriores Dinastías. Este Menes fue arrollado y muerto por un hipopótamo y salvado por un cocodrilo. Anecdóticas cosas de héroes y dioses al cabo.



Pero todo había comenzado siglo y medio antes en las ciudades de Nején en el Alto Egipto (“fortaleza”) llamada Hieracómpolis en griego, y Buto en el Delta. Más que dos ciudades aisladas o proto-ciudades estado, eran una unificación de pueblos de un mismo entorno. El caso es que hacia el 3200 a.n.e. y en un proceso de unificación política (o religiosa) no muy bien conocido en la actualidad, se convirtió en un estado unificado bajo el mando del “Señor de las dos Tierras” asentando prontamente la capitalidad en Menfis, donde un monarca “teocrático” rigió los destinos del país previa conversión en faraón “hijo de Re” o dios Sol.



Simplificando muchísimo y como no es propósito de esta líneas hacer un exhaustivo repaso a la Historia de este pueblo, podemos afirmar equivocándonos poco que la civilización de la que hablo se desarrolló entre la primera catarata del Nilo y el Delta en el Mediterráneo. Ochocientos kilómetros metro arriba kilómetro abajo.



En definitiva, el Nilo marcó la vida de los lugareños desde tiempo inmemorial haciéndoles dependientes en grado absoluto y más que nada porque necesitaban comer y eran inminente mente agrícolas, que se vive mejor y en mayor número de la agricultura que de lo que se pueda cazar por las zonas boscosas. Así pues, cuando se producía la inundación, a verlas pasar y cuando bajaba el nivel, pues a repartir el lodo y hacer huertos y a plantar y a recolectar y a pagar impuestos a los dioses que eran buenos y les traían el agua.



Desde un principio convivieron las elites privilegiadas con el sistema faraónico y con un pueblo que como siempre pagaba las cerámicas que se iban rompiendo, alternándose las épocas de bonanza y escasez que aún no se llamaban crisis, aunque albergaban ya los mismos elementos desestabilizadores: la codicia, el gusto por el fasto y la ostentación, la precariedad de la vida del peón de brega, las hambrunas y las tormentas, los lujos otra vez, el despotismo y la tiranía, las desigualdades y así hasta el infinito llegando a los tiempos actuales. Pero esa es otra Historia.



Como de tontos tenían nada más que lo imprescindible, pronto se dieron cuenta que esta inundación venía más o menos cada 365 días y confeccionaron un calendario basado en las crecidas, que llenaban de lodo los campos y borraban límites y senderos para lo cual empezaron a darle vueltas a la geometría y a las matemáticas, a los pictogramas importados de Sumer, a la astrología y algún que otro dios y mito. A favor de todo esto estuvo también la soledad. Al norte el Mediterráneo, al sur la nada continental, al este el Mar Rojo y al oeste el desierto (aunque no siempre fue tal). No tenían enemigos declarados más que ellos mismos.









[1] Historia. Libro 2. El Logos Egipcio. Págs. 189 y ss. Ed. Cátedra. Madrid 2008



[2] Diodoro Sículo, BH I,36,1-12. [Versión de F. Parreu (ed.), Diodoro de Sicilia. Biblioteca Histórica. Libros I-III. Biblioteca Clásica Gredos. Madrid 2001, pp. 215-218.

sábado 21 de enero de 2012

4.- El primer Corredor de Fondo (Sumer)

Como no podía ser menos fue un sumerio. Entre la ingente cantidad de tablillas estudiadas, aparecen himnos, lamentaciones, cantos funerarios, salmos y todo tipo de escritos que paulatinamente van siendo descifrados y donde se nos muestra un mundo colorista, culto a veces, idílico, repleto de actos ejemplarizantes y las más de las veces guía de posteriores civilizaciones y libros santos.


Aproximadamente 2100 años a.c. en la ciudad estado de Ur, nos encontramos con un rey que sobresale por encima del resto del panteón (no olvidemos que eran semidioses o dioses, directamente) y no es otro que Shulgi, el hijo del fundador de la tercera dinastía: Ur-Nammu. Es la primera persona a la que se dedican varias líneas glosando sus cualidades de corredor, tan veloz como un “cabrito montés que corre a refugiarse… entrando en el Ekishnugal” (templo del dios luna Nanna-Sin en Ur), o también como fondista excelso que recorre en una hora lo que otros en quince.


Estos himnos son tan hiperbólicos y extravagantes (según Kramer[1]) que parecen mesiánicos. Alagan tanto al rey/dios que lo hacen único entre los mortales y acaban por creérselo ellos mismos. Shulgi escribe de sí mismo:


En mi juventud estaba en la edubba (escuela) donde


aprendí el arte de la escritura en las tablillas de Sumer y Akkad,


ningún otro joven sabía escribir sobre arcilla tan bien como yo,…


Era el ser perfecto física y psíquicamente, alto, guapo, moreno (de haber sido rubio tendría un problema su padre o él o ninguno de los dos, que para eso era hijo de dios con intermediación humana, se supone), sin rival.


Sus habilidades deportivas venían a buen seguro del perfeccionamiento de sus cualidades innatas para la caza. El mismo comenta que atrapa leones y serpientes a pelo, en pleno desierto y sin red. Dice también que es capaz de cazar gacelas a la carrera con sus pies veloces. Recordemos su caprina velocidad que él mismo nos relata en otra tablilla de la siguiente forma:


Que mi nombre se recuerde en el futuro, que no abandone la boca (de los hombres)


que las alabanzas hacia mí se propaguen a lo largo y ancho del reino,


que me elogien en todos los reinos,


yo, el corredor, aumenté mis fuerzas, dispuestas para el trayecto,


de Nippur a Ur,


resolví cruzarlo como si se tratase de (una distancia de) una “hora doble”.


Como un león que no se cansa de su virilidad me levanté,


me ceñí un cinto (¿) en torno a los lomos,


moví los brazos como una paloma que huye agitada de una serpiente,


distancié bien las rodillas como un ave-Anzu que eleva los ojos hacia la montaña.



Ciento sesenta kilómetros sin despeinarse. Se da un baño, se relaja, come un poco y para más heroicidad, en plena tormenta de granizo se vuelve para Nippur y celebra en el mismo día las festividades del “eshesh” (desconocida actualmente). Y claro, llega a palacio, se sienta entre su amigo el dios Utu y la esposa/diosa Inanna para darse un banquete.


Y con este rey sabio, alto y guapo, piadoso y primer corredor conocido gracias a unas tablillas y a la sabiduría de muchos arqueólogos, entre los que destaca Samuel N. Kramer, que nos lo documenta ampliamente en la obra citada y que a buen seguro abrirá más de una mente tras su lectura (recomendada), damos por concluido el capítulo de la civilización sumeria y nos adentramos en el Egipto de los faraones.


Aunque dado que están apareciendo continuamente tablillas y siendo estudiadas con más y mejores medios, todo lo expuesto hasta aquí es provisional y aproximado.






[1] La Historia Empieza en Sumer: Samuel N. Kramer. A. Editorial. Madrid 2010. Pág. 291 y ss.

jueves 19 de enero de 2012

3.- La Religión Sumeria

Las actividades deportivas nacen o son paulatinas transformaciones de las primeras pulsiones que conducen al niño a buscar sus primeras diversiones, ya sea con elementos materiales (juguetes) o inmateriales (el movimiento de las llamas o del mar) pasando por los juegos infantiles en grupo, hasta las diversiones juveniles y por fin la regulación de este tipo de actos y su ofrenda a los dioses.


Los asuntos deportivos – rudimentarios – de la antigüedad siempre se manifestaron en torno a los templos o a las ceremonias religiosas. O al menos fue durante las mismas cuando se pudieron establecer las primeras reglas para igualar las condiciones de participación.


El trato que vamos a dar al tema religioso sumerio será tan superficial que lo despacharemos en pocas líneas, que si los expertos no se ponen de acuerdo, los semi-analfabetos debemos ir con mucho tiento y pidiendo excusas a cada paso. Pero merece la pena saber un poco de aquel acúmulo de dioses. Casi un dios para cada asunto y apareciendo nuevos en cada excavación arqueológica, y si hemos de ser realistas ante lo que falta por descubrir, supongo que dentro de pocos años las cosas darán muchas vueltas y algún revolcón divino.


Los sumerios fueron los iniciadores de la religión, la mitología y la astrología de Mesopotamia para luego ser la inspiraron de otros pueblos que la fueron puliendo poco a poco hasta llegar a Yahvé, por ejemplo. Pero esto no implica que la inventaran ellos. Posiblemente se inspiraran en otros y como la rueda o la agricultura, ellos la perfeccionaron.


Asignaron un espíritu a cada cosa que les rodeaba y así explicaban el funcionamiento de las mismas. Creían que la luna, el sol o las estrellas eran dioses y que disfrutaban de las mismas emociones que los humanos, casualidad esta que coincide en todas y cada una de las religiones antiguas y actuales.


Sus dioses eran los propietarios de la tierra y del espíritu de todo lo que se meneaba, incluidos hombres y animales. Eran ellos quienes dotaban al ser humano de cualidades como la escritura u otras características de su condición, además de todo aquello que necesita. Fueron sus dioses quienes hicieron o moldearon con barro a los hombres para que les sirvieran – ¿a qué suena? – aunque en esto ya se ve la mano de algún listo.


Tenían la muy humana cualidad de enfadarse y entonces venían los castigos: truenos, catástrofes que hoy decimos naturales, tormentas, inundaciones, plagas, etc. El caso era imbuir en los súbditos la creencia de que todo el pueblo estaba a merced del que mandaba y el intermediario era el rey o el sumo sacerdote. Su mano o vicario en la tierra. Y este era el panteón sumerio:



  • Nammu, la diosa-madre.

  • An (o Anu), dios del cielo.

  • Utu el dios sol en Sippar.

  • Nanna, el dios luna en Ur.

  • Enlil, el dios del viento.

  • Inanna, la diosa del amor y de la guerra (equivalente a la diosa Ishtar de los acadios)

  • Enki en el templo de Erido, dios de la beneficencia, controlador del agua dulce de las profundidades debajo de la tierra.

Estos dioses estaban asignados a cada ciudad y claro, su estima y consideración dependía mucho del poderío de la ciudad. Sufría vaivenes temporales. Creían que la tierra flotaba sobre el mar, posiblemente porque tenían pozos por los que aparecía el agua, cosa nada extraña en la zona entre ríos en que moraban. Y a ese mar le llamaron Nammu, madre de todos los animales terrestres y marinos, adelantándose varios milenios a la teoría del “Caldo Primigenio”.


Esta diosa no paraba y también creó el cielo y la tierra, pero dejó que su hijo An y a su nieto Enlil, separaran el cielo de la tierra. Lo que no dice es en cuantos días lo hicieron. Esto se lo dejaron a los hebreos pero varios siglos más tarde.


Los dioses poseían pulsiones similares a las humanas o las mismas pero mejoradas. Pero como no conocemos que hubieran desarrollado una filosofía al respecto, lo que hacían o sabemos que hacían por las tablillas, era contar cuentos de dioses que se comportaban como humanos. Eran inmortales que gozaban y sufrían y resultaban heridos y hasta muertos y cuando se producían confrontaciones así, no se las cuestionaban y se acabó.


No tenían necesidad de probar ni de argumentar nada. No habían resuelto misterios como el de la Santísima Trinidad ni los dogmas de fe, pero se parecía bastante. Los sacerdotes y escribas (clase alta de cualquiera de las maneras) solían cambiar las hazañas glorificadoras de los dioses según las necesidades del momento y punto. Y lo que hoy nos parecería el colmo de los colmos: Les hicieron aborrecer o renegar de cambios sociales.


Todo era por mandato de los dioses de cada ciudad y transmitido por el rey de turno o el sumo sacerdote. Los sacerdotes y los escribas y demás poderes fácticos, enseñaban – porque así lo creían – que todos los males del hombre son producto de sus malas acciones u omisiones y que nadie, absolutamente nadie, está exento de culpa. Necesitaban cuadrar el círculo y entonces concluyeron con un rudimentario Pecado Original. Perfecto.

martes 17 de enero de 2012

2.- Los Sumerios

Sumeria es una región entre los ríos Éufrates y Tigris, cuyos habitantes – de origen incierto – desarrollaron la civilización que lleva su nombre y que abarca un periodo histórico aproximado entre el 5.000 y el 1.700 a.c. (dinastía Isín)


Un sacerdote llamado Beroso, del siglo III a.c., denomina a los pobladores de esta región: “pueblo de las caras negras”. Otros, simplemente: “cabezas negras”. Los sumerios, como dije antes, mas listillos o tal vez favorecidos por la climatología y los buenos alimentos y que más o menos vivían para ver salir el sol y divertirse durante los intervalos temporales en no se mataban entre sí, se dieron a inventar cosas tan fútiles y banales como el torno de alfarería y el horno (4000 a.c.) la rueda (3500 a.c.) o la escritura (3.300 a.c.) que primero a manera y modo de pictogramas pronto se convertiría en cuneiforme por arte de unos estiletes de caña.

En la actualidad no se puede afirmar taxativamente que fueron los sumerios más listos que los hindúes, chinos, japoneses o los habitantes de la actual Rumanía/Bulgaria (Civilización Cucuteni o de la “Vieja Europa”, 6000 a.c.), donde aparecieron rudimentarias ruedas, alfarería o agricultura consolidada desde hace diez o trece mil años y si he de aventurar una hipótesis (desde la ignorancia histórica) lógica, diría que todos los humanos son exploradores y los viajes entre culturas o entre pueblos, eran tan frecuentes que podían transmitirse sus respectivas culturas o parte de ellas y algunos las modifican dependiendo de las condiciones y de las circunstancias particulares.

Como ocurre en la actualidad en que la mayoría de los inventos provienen de la investigación armamentística, los sumerios iban adaptando a la vida cotidiana sus innovaciones” de guerra o como consecuencia de la misma, que suena mejor y es un buen eufemismo.

En fin. Allá por el año 3500 a.c., entre los dos grandes ríos del Paraíso, en lo que ya se podía denominar una ciudad, llevados posiblemente por tiempos de abundancia y paz las gentes de orden se dieron a pensar. Un buen día se percataron de los muchos y variados artículos que poseían y se encontraron con la necesidad de catalogarlos (tampoco sabían que era un catálogo, pero lo descubrieron y vete tú a saber cómo lo llamaron: ¿tablilla tal vez?).

No es el momento de relatar el trabajo de los escribas, personajes que pertenecían a la aristocracia local, hijos de ricos comerciantes o de la nobleza. Gente destinada a perpetuar sus transacciones y formar a más escribas, para lo que crearon las primeras escuelas, gracias a las cuales y a las labores de copia en ellas desarrolladas, hoy tenemos miles de tablillas de todo tipo.
Pero sí es tiempo de contar que los sumerios fueron una civilización floreciente que destinó buena parte de su tiempo a organizar sus riquezas, elaborando la escritura cuneiforme y adelantándose en varios siglos a los fenicios que hicieron algo parecido y más trabajado inventando el alfabeto. Lo hicieron más que nada para poder constatar sus transacciones, pero una vez puestos y aprovechando el invento, crearon literatura. Primero comer y luego filosofar.
También se divertían procreando que esto ocurre desde siempre y si no, no estaríamos aquí y ahora. Necesitaban multiplicarse mucho porque también morían muchos por un amplio listado de motivos, desde una infección de muelas hasta por designo divino. También se mataban mucho entre si desde que el chamán les expulsó del poblado de origen. Así que a engendrar.

De la civilización sumeria se desconocía prácticamente todo después de siglos de ahogo debido a que la mayoría de estudiosos estaban centrados en las rutilantes excavaciones de Mesopotamia. La que nos ocupa fue descubierta y traída a primer plano hace poco más de cien años, mientras buscaban cosas de los asirios y babilonios en la ciudad de Uruk. De pronto comenzaron a aparecer tablillas de barro con escritura cuneiforme y aparecen los SUMERIOS como por arte de magia.

Vieron la luz gracias a unos señores admirables (bajo mi particular prisma) llamados arqueólogos. Son “pequeños sabios” descritos por Samuel N. Kramer como individuos que adquieren su categoría después de muchos años publicando artículos de consumo universitario o en revistas especializadas entre colegas y de los que los mortales jamás recordamos el nombre pero si sus hallazgos más espectaculares. Todos tenemos en mente la imagen de Tutankamon o la máscara de Agamenón, pero poco sabemos (los comunes) de sus descubridores, por poner tan solo dos ejemplos.

Pero los sumerios inventaron muchas cosas – por eso eran más listos que su entorno – y algunas tan transcendentales y llamativas como una democracia rudimentaria. La estructura social era piramidal y bastante absoluta. Arriba el rey y el sumo sacerdote, muchas veces fundidos en la misma persona. Un poco más abajo, los señores de la guerra, funcionarios de alto nivel, escribas y comerciantes, artesanos y campesinos y en la base los esclavos. Si es que las cosas han cambiado muy poco en milenios.
Pues bien, se da el caso que las aldeas se iban estructurando en torno al templo y éstas en ciudades estado más organizadas, donde había un consejo de ancianos a manera de senado, al que recurría el rey en caso de problema o asunto de incumbencia general como solía ser un ataque de la ciudad vecina o de la más poderosa. Y cuando los vejetes tenían intereses distintos al populacho y se oponían a los designios del reyezuelo, éste pasaba de ellos y se iba a la “cámara baja” o asamblea de moradores con armas y arrestos para defenderse, les explicaba su punto de vista y se saltaban a la “pata coja” los consejos de los viejos.

1.- protohistoria

Lo que en estos artículos voy a tratar es de hilvanar unas ideas sobre y entre las civilizaciones más cercanas a nosotros y la paulatina implantación de conductas sociales que puedan parecer actividades deportivas – relatadas en la mitología – hasta llegar al deporte propiamente dicho. Así como su paso de Sumer a Egipto, Creta y finalmente Grecia.


PROTOHISTORIA



Hace más o menos ciento ochenta mil años, semana arriba, mes abajo, unos homínidos denominados Homo Sapiens decidieron darse una vuelta por el desconocido mundo y partiendo de una zona radicada en la actual Etiopía, decidieron emigrar unos hacia Sudáfrica y otros al norte. Es previsible que jamás volvieran a encontrarse si es que algún día se conocieron y si es que partieron de la misma tribu o asentamiento como es de suponer. El camino ya era largo y la vida corta.


Los que tomaron camino a buscarse las habas – o el centeno y los frutos y carnes, que no es lugar éste de polemizar sobre las costumbres culinarias – por el norte, más o menos siguiendo el curso del Nilo, llegaron al actual Egipto y decidieron quedarse y con el paso del tiempo montar una de las civilizaciones más espectaculares de la antigüedad. Ya hablaremos de ella.


Al cabo de unos pocos miles de años más, espoleados o picados por el gusanillo y probablemente por las necesidades, otros cuantos lugareños decidieron seguir subiendo o tal vez huyeron de sus congéneres, que ya sabemos cómo nos comportamos los humanos cuando alguien nos saca de las casillas. Es más que probable que los alimentos abundaran, las hordas fueran pequeñas, el número de humanos bastante escaso y el desierto aun no arrimara sus cálidas arenas a las chozas que conformaban las aldeas de hace sesenta mil años. Tampoco habría mucho espíritu emprendedor.


A lo peor para el muerto, un hermano mató a otro brutalmente, con la quijada de un asno, y entonces el chamán que tenía que mantener el orden se vio obligado a tomas una determinación basada en sus leyes y costumbres:



- Coge a los tuyos y lárgate de aquí. Por animal.


- ¿por qué tengo que marchar?


- Por animal, ya te lo he dicho. A quien se le ocurre matar a un hermano por un quítame de aquí esas gavillas. A partir de ahora, no vuelvas por aquí: ¡caín! ¡más que caín!


El caso es que se fueron a instalar a otra zona paradisíaca por aquel entonces y ahora fuente continua de petróleo y de conflictos: El Oriente Medio, llamado por los historiadores con mejor criterio: Creciente o Media Luna Fértil. El Paraíso Terrenal de nuestra infancia. Las tierras entre el Éufrates y el Tigris, donde nos vamos a centrar un poco, pues allí se desarrolló nuestra civilización con pequeñas modificaciones instrumentales. Seguimos pensando básicamente igual y por tanto, comportándonos con la misma crueldad.


Ya tenemos dos focos de cultura: Egipto y Mesopotamia aunque ellos aún no sabían que se denominarían con ese nombre. Parece que florecieron en orden inverso al asentamiento. Los más listillos fueron los sumerios, los del Paraíso, que ganaron la primera carrera por unos mil años, como bien dicen las tablillas de barro cocido y los jeroglíficos respectivamente. Así dicta la ortodoxia los párrafos de la Historia.


Pero no avancemos tanto en poco tiempo, que hablamos de hace ochenta mil años o más y de resultas de aquella salida norteña del H. Sapiens y sus primeros asentamientos, van estos y se diversifican otra vez en varias ramas. Se desparraman literalmente.


Una tribu se dirige hacia Europa por los Montes del Tauro bordeando el Mar Negro por el sur a través del Helesponto y con sub-rama atravesando el Cáucaso Menor (Monte Ararat incluido) para irse por el norte. Otros se van hacia Asia y desarrollan culturas en la India actual, China y Japón, tan importantes o más que las del Paraíso. Hay constatación fehaciente de la aparición agrícola y ganadera, alfarería, estructuras sociales o ciudades organizadas.


También pienso que gentes provenientes de estas civilizaciones, de una u otra forma retornaban a sus lugares de origen o simplemente mantenían relaciones comerciales y en éstas, transportaban elementos de su civilización actual hacia la de origen, es decir Sumer y Egipto y claro, por proximidad llegaban primero a Sumer donde descargaban los primeros elementos, de ahí que me parezcan más listillos, pero es que estas transformaciones tardaban años o siglos en llegar y asentarse.


Es de suponer con poco margen de error, que estas culturas acabaron desarrollando civilizaciones tan importantes como la que nos ocupará, pero con menos suerte. Los Dioses primero y unos siglos más tarde Dios, vinieron a manifestarse al Creciente Fértil en exclusiva.


Este dios, de variadas maneras y usos pero liando siempre tribu contra horda y viceversa y dándoles órdenes a veces contradictorias pero siempre sangrientas y crueles, les confunde caprichosamente a la vez que les dota de la suficiente paciencia “jobina para poder sufrir durante siglos y que le sigan adorando.