domingo, 11 de marzo de 2012

12 .- Hermes, el dios corredor

Haré un alto en el camino para divagar un tanto alrededor del “ángelos de los dioses, hijo de Zeus y de la hija mayor del gigante Atlas, la musa Maya; ladronzuelo desde su infancia, taimado e ingenioso a más no poder, caracterizado para la posteridad con el pétaso de los caminantes y de los gimnasios, el caduceo y en los pies unas sandalias aladas, aunque a veces también las lleva en un peculiar gorro. Ni más ni menos que Hermes, protector entre otras actividades del atletismo y de la lucha libre o más prudentemente del pancracio de los primeros Juegos Olímpicos.


Hermes fue casi desde su nacimiento el mensajero (“ángelos” en griego) de su padre Zeus. Y como tal y teniendo el padre que tenía, se vio metido en más de un lio sin desearlo, pero el destino era el destino y los dioses solamente eran inmortales. Sufrían y gozaban, lloraban o se divertían jugando con los humanos, se aburrían con nuestras ocurrencias y nos castigaban, se afligían o directamente causaban nuestra muerte.


Un buen día, Zeus se enamora de la princesa argiva Ío y para lograrla sin que su esposa se dé por aludida, la transforma en ternera blanca. Más Hera que de tonta tenía muy poco y sabedora de cómo se las gastaba Zeus, se entera y solicita a su marido que le regale aquella preciosidad de animal, a lo que éste no se puede negar. Entonces la esposa mil veces denostada, la coloca bajo el cargo del gigante Argos Panoptes (de los cien ojos) y Zeus que todo lo sabe, echa mano de su emisario y le encarga que dé muerte a Argos, cosa que logra contándole aburridos cuentos hasta que se duerme y entonces Hermes – según nos cuenta Ovidio en las Metamorfosis – una vez le llegó el sopor, fue acariciándole sus párpados con el caduceo y para rematar su obra le corta la cabeza con espada en forma de hoz[1]. Luego recoge uno a uno todos los ojos y los coloca sobre la cola del pavo real. Muerte y belleza eternas.


Capaz de recorrer las distancias más inverosímiles en un instante, es el patrón o protector de los “hemerodromos” o corredores / emisarios de los humanos. Aquellos atletas que, como siglos más tarde Fidípides, se encargaban de llevar las noticias entre los pueblos por los intransitables caminos de la Grecia Clásica, donde se llegaba primero corriendo que a lomos de un burro. Otra cosa era ir a caballo, de lo que en su momento hablaré.


Es el dios protector de los caminos y se le representa como un hito de piedra en cuya parte superior hay esculpida la cabeza del mismo dios y por la mitad, unos testículos con el correspondiente falo. Es la solución o punto final de las “hermas” helenas, los montones de piedras que delimitaban fronteras o marcaban las distancias. En Atenas solían colocarse a mitad de camino del Ágora y los diferentes demos. Fueron por decirlo vulgarmente, los primeros mojones de la historia y motivo de gran discordia la noche antes de la partida de la flota ateniense hacia Sicilia, donde como ya dijimos, fue el principio del fin del imperio ateniense. Obra y gracia de Alcibíades y sus amigos en una noche de francachela. O al menos es motivo de controversia hasta la actualidad. El caso es que durante siglos, los hitos o mojones, fueron los marcadores de la distancia que separa las capitales de los pueblos, en kilómetros.


Otra cosa – o el principio de todo – son los montones de piedras que se localizan en lugares de diversas culturas como la celta por Galicia o a lo largo del Camino de Santiago, siendo el ejemplo las significativo en la actualidad la Cruz de Ferro entre Foncebadón y Manjarín. Esta tradición la importaron los romanos con su dios homólogo: Mercurio. Las piedras se situaban en los cruces de caminos, donde los romanos y otras tribus colocaban a sus enfermos a esperar la cura procurada por los viajeros, o directamente la muerte. Cada persona que pasaba, solía entonces arrojar una piedra en memoria o evitando el mal de ojo.


En Aragón, existía la costumbre de amontonar piedras en los lugares donde se había producido una muerte más o menos violenta, ya sea un accidente o un asesinato. Para que las almas descansaran. A manera de recordatorio, a través del pirineo Aragonés penetraron dos oleadas de celtas. Una hacia el 900 y otra en el 600 a.n.e. Y evidentemente, provenían de Centroeuropa.


Y esto es bastante lógico si pensamos en la transmisión de costumbres, ritos e incluso religiones, que hicieron los romanos a lo largo y ancho de su imperio (heredero de Grecia). Pero el mismo ceremonial resulta sumamente interesante cuando acontece sobre las cumbres de los Andes: Las apachetas. Montículos de piedras blancas (muy vivibles y queridas por los indios) en forma semicónica, o simplemente piedrecillas del camino que los mismos arrojan y van amontonando a su paso, en homenaje a la Pachamama. O en la isla de Timor, donde arrojan piedras allá donde se produce un asesinato (la muerte más violenta)


Volvamos a Grecia. Hermes, nuestro actual dios, era también el patrón de los viajes y expediciones, de los cuatreros y demás ladrones y de los gimnasios, sin que los unos tengan que ver con los otros indefectiblemente. Esto de los deportistas, es una tradición tardía, pero lo es. Los griegos fueron muy dados a la religiosidad y al deporte, sobre todo de cara a la preparación para la guerra. Sus imágenes fueron erigidas delante las casas y de todos los gimnasios y palestras de la antigüedad post homérica. Sobre todo en Atenas.








[1] Ovidio. Las Metamorfosis. Ed. Cátedra. M.- 1995. Pág. 228

11 .- Los Mitos Griegos

Aquí entramos de lleno en el mundo de los helenos pues la misma palabra deriva del griego: mythos (μθος) y según nuestro Diccionario de la Lengua es aquella “Narración maravillosa situada fuera del tiempo histórico y protagonizada por personajes de carácter divino o heroico. Con frecuencia interpreta el origen del mundo o grandes acontecimientos de la humanidad”. Añadiría yo: lejos de cualquier atisbo de la razón.


Es decir, si queremos que el mito adquiera todo el carácter didáctico para el que nació, debemos despojarnos de la mínima presunción de razonamiento. La mitología griega evoluciona con el fin de inculcar a sus ciudadanos una educación basada en personajes maravillosos y sobrenaturales ejecutando hazañas extraordinarias.


Los egipcios crean a sus dioses a su imagen y semejanza y los griegos pretenden que los hombres imiten a sus dioses, que de algún modo se vean reflejados en ellos. Modificarlo todo para que nada cambie. Los mitos son el cimiento de cualquier cultura sobre el que se apoya la posterior religión.


Aunque sigan vigentes en la actualidad y muchas instituciones poderosas que mueven el mundo, no tengan interés en ese cambio, ya en la antigüedad se cuestionaban muchos asertos de la mitología y así fue como nació la escuela de Mileto, encabezada por Tales del mismo sitio, el primero de los siete sabios griegos, padre de la filosofía y maestro de Anaxágoras, Pitágoras, Anaximandro, etc., etc.


El tal Tales de Mileto (a quien profeso reverencia) tuvo que ser un buen escéptico para darse a observar los fenómenos de la naturaleza y a buscar sus causas al margen de los dictados de los dioses. Y así entre otras cosas maravillosas, fue capaz de predecir un eclipse de sol en el 585 a.n.e. Y si esto, visto con ojos actuales puede parecernos vulgar o carente de importancia, debemos recordar que entre los pueblos primitivos – y no tanto – producía pavor. Sin más, los griegos de los años de Sócrates aun temían o reverenciaban esos portentos y uno de los motivos del desastre de Atenas en Sicilia, vino de la mano de un eclipse y de un general timorato: Nicias, que junto a Lámaco y el depravado e innoble Alcibíades, fueron los tres generales de la mencionada expedición, que marcaría el declive del imperio ateniense.


Pero Tales de Mileto no se cansó, siguió impartiendo lecciones magistrales y se topó con un alumno que acabaría siendo el primer agnóstico: Anaxágoras, que revolucionó el cotarro hasta el punto de tener que exilarse de la gloriosa y brillante Atenas, para que no le condenaran a muerte; muerte que el mismo se proporcionó si se hace caso a la leyenda que dice se dejó morir de hambre. Pero antes de eso, tuvo discípulos de la clase u categoría de Pericles, Protágoras, Eurípides y el mismo Sócrates. Casi nada.


Pero antes que todos ellos, tenemos a Hesíodo, personaje al que todos los historiadores hacen referencia y que viene a colación – ni más ni menos – por haber sido la primera persona que puso en orden y concierto el mítico Panteón Griego. Considerado el primer poeta helénico, nació aproximadamente en el 700 a.n.e., cerca de Tebas, en una mísera aldea al pie del Helicón: “Ascra[1], mala en invierno, irresistible en verano y nunca buena”. Escribió tres libros: La Teogonía (imprescindible para los dioses y los hombres), El Escudo de Heracles y Los Trabajos y los Días, en la que trató de aleccionar a su vago y díscolo hermano.


Más adelante veremos cómo fue Tebas donde se inventó la escritura helena o mejor, la ciudad a donde fue exportado el alfabeto fenicio al ser fundada por Cadmo, hermano de Europa. Y si hemos de ser más prosaicos, a la que arribó un comerciante levantino que a la postre se convertiría en el padre de Hesíodo. Pero vayamos por partes.


El deporte en la Hélade nació directamente alrededor de los templos y las ceremonias religiosas habidas para ensalzar los constructos humanos llamados dioses. Y como los helenos eran belicosos a más no poder, las manifestaciones físicas que los mejores y más habilidosos hacían de sus cualidades guerreras acabaron por derivar en lo que podríamos llamar “deporte”. Los griegos, que importaron estas prácticas – como tantas otras cosas – de los egipcios, lo que hicieron fue perfeccionarlas para deleite de sus dioses durante sus festivales y ponerles más y mejores reglas, estableciendo lo que hoy podemos denominar como deporte de competición.


Tampoco es que vayamos a bajar aquí a todos los dioses del Olimpo, pero hay muchos que merecen la pena ser recordados, así como los héroes, nacidos casi siempre al amparo de los amoríos de una mujer y un dios, me hacen pensar casi con toda probabilidad de equivocarme, que dado que los griegos estaban siempre atareados en guerras internas o externas, sus esposas eran visitadas por el dios de turno y desconsoladas o medio viudas ellas ¿podían hacer algo mejor que consolarse? Más tarde se elaboró una figura en forma de paloma que hacía lo mismo, misteriosa e intangible de igual modo.









[1] Hesíodo: Los Trabajos y los días. Ed. Gredos. Pág. 105

10.- Zeus, el padre de todos los dioses

.... Y de muchísimos humanos dado su carácter salaz y rijoso a más no poder, que para eso era el más grande y se ganó el trono a pulso. Pero veamos cómo.



Cronos, padre de Zeus, tenía la fea costumbre de comer a sus hijos para no tener descendencia que pudiera sucederle. Su esposa Rea, bastante harta, escondió a Zeus en Dictean, una gruta cretense también conocida como Psychro y que se puede visitar en la actualidad a unos 60 km de Iraklion. Allí puso al infante divino al cuidado de tres ninfas: Andrastia, Melisa e Ida, que lo alimentaban con la leche de la cabra divina Amalthea. Luego se puso a darle a la cabeza para acabar con Cronos. Ya sabemos que los poderosos primero hacen lo que quieren y luego buscan justificaciones.



Dicho lo dicho sobre Zeus y su nacimiento, el personaje es tan importante y su figura tan fundamental que merece la pena detenerse unos instantes en él y volver a B. Souvirón[1] que nos deleita con otra leyenda sobre el lugar de nacimiento: La Arcadia, en mitad del Peloponeso, la tierra dominada durante siglos por la ciudad estado de Esparta y sus habitantes.



B. Souvirón aquí sigue la tradición recogida por Calímaco de Cirene y nos cuenta magistralmente como Rea trata de pasar inadvertida y esconderse de Crono, para lo que penetra en lugar donde “ningún cuerpo proyectaba sombra”. Finalmente y en plena noche parió a Zeus en el monte Liceo (monte del lobo) y después de lavarlo, deposita el cuerpo del niño dios en brazos de la ninfa Neda, hija de Océano, que junto a su abuela Gea, rápidamente se dirigen a Creta, mientras que su madre pule una piedra que ofrece a su ansioso y enfurecido esposo que rápidamente se traga como si del hijo fuese. Animalico. Luego vomitaría la susodicha piedra y Zeus la coloca en Delfos, punto central y referencia de futuro de la religiosidad de los helenos. Volvamos a Creta.



Pero volvamos a los mitos que también son bellos y didácticos a la hora de encontrar el origen de nuestra forma de pensar y comportamiento actual.
















[1] El Rayo y la Espada (I).- Pág.- 103 y ss.. Alianza Editorial. Madrid 2008

9.- Otra gran civilización: Creta (Aproximación)

Creta es una isla y aunque parezca una obviedad hay que hacerlo patente pues mucha gente lo desconoce y les lleva a cometer infinidad de errores y algún que otro horror. Cuando de críos saltábamos un amplio río, lo hacíamos pisando una o varias piedras situadas en el agua. La cultura hizo la misma transición entre Egipto y Grecia: El Delta, Creta, Citera y el Peloponeso.


La Civilización Minoica – también así llamada en honor del rey Minos – se caracterizó por muchas cosas, entre las que destaca la construcción de los famosos palacios de Cnoso y alrededores.


No tenían murallas defensivas ni algo que pudiera semejar a las ciclópeas que había en Micenas o Tirinto, por ejemplo. Pero para rizar un poco más el rizo, tampoco fueron encontradas armas de la época y se cree que las riendas del poder estaban en manos de las mujeres, teoría basada en la paz y en la aparición de una estatuilla en el lugar más sacro del palacio de Cnoso, la “tesorería”. Es una dama con dos serpientes en las manos, el pecho descubierto y grandes ojos escrutadores: La “Señora de las Fieras”. Quizá un símbolo de la fertilidad o un ídolo. En cualquier caso, es el retrato de esta pacífica civilización y la única deidad antropomórfica de la isla, que nos recuerda mucho a la sumeria Inanna o a la babilónica Ishtar, a la fenicia Astarté, o a la griega Afrodita / Kýpris.


Hasta que llegó Zeus, no tenían otros dioses que los de la naturaleza. No tenían más santuarios que algunas cuevas y el reparto de tierras entre sus habitantes era procurado por sus reyes de forma bastante equitativa. Tampoco tenían esclavos y habitaban en las llanuras, sin fortificaciones. Estaban avocados a finalizar invadidos por otros más hambrientos o más codiciosos y como desde siempre hubo trasiego de helenos hacia abajo y egipcios hacia arriba, pues eso, allá por el 1600 a.n.e., todo tocaba a su fin.


Bernardo Souvirón[1] en su segundo libro (el primero fue “Mujer de Aire”) nos relata con su peculiar, poético e inconfundible estilo, el nacimiento de la civilización Griega tomando como punto de partida Creta y la cultura allí desarrollada entre el año 2000 y 1600 a.n.e. Si un sabio lo dice a mí no me queda más remedio que suscribir punto por punto sus asertos y sin la más pequeña matización, para eso soy medio analfabeto.


El introducir en este modesto escrito a Creta y su significado para Occidente y el mundo del deporte, es porque considero a su civilización y a la isla como el puente de entrada a Grecia y el nexo del trasiego ideológico, social o de usos y maneras y demás cosas, entre Egipto y el continente, así como de todo aquello que acontecía en el Mediterráneo Oriental en los convulsos tiempos que fueron entre el 2500 al 1500 a.n.e. Empero las aportaciones de esta Civilización al mundo del deporte, a mi modesto entender, son más bien escasas. Si acaso la práctica del boxeo y el salto del potro (en su caso del toro) y poco más.


Si sabemos del boxeo es por un fresco descubierto a mitad del siglo pasado en el yacimiento arqueológico de Akrotiri por Spyridon Marinatos (Isla de Santorini, antigua Tera, desaparecida en gran parte por una erupción volcánica allá por el 1620 a.n.e) donde se aprecia la lucha de dos jóvenes provistos de guantes y atizándose mutuamente. Tiene una dimensiones de 0.94 metros de ancho y 2,75 metros de altura.


En cuanto al salto de toro (taurocatapsia), arraigado más con los ritos religiosos y con las culturas de Sumer, Egipto y Levante (Siria, Palestina, etc.), es una constante en toda la isla y en el nacimiento de su cultura de la que hablaré seguido para introducirnos un poco en la mitología, los mitos y la gran Grecia.


Personalmente pienso que los saltadores de toros eran personas en buena o muy buena forma física, que arriesgaban su vida para deleite de los demás, afrontando a un toro más o menos bravo durante una festividad y que apoyando sus manos en los cuernos aprovechaba la fuerza del animal para saltar sobre él y caer a toro pasado (nunca mejor dicho). La gracia estaría en salir vivo del encuentro. Como lo que hacen los “forçados” actuales.


Hay otro fresco, este hallado en Cnoso, representando a un hombre que se agarra a un toro, otro patas arriba y manos en los lomos del mismo animal y otro(a) en la parte trasera (78,2 cm de alto y 104,5 cm de ancho). Como si fuera la diapositiva de un acróbata en tres pasos o uno que salta y dos que ayudan. En fin, a interpretar que no dejaron escrito nada al respecto. Pero los arqueólogos dicen que era muy corriente en aquellos pagos y en aquellos tiempos, antes y después de que Tera se deshiciera en añicos.


Dicho esto, debo añadir que deporte… más bien poco. Que los admiradores de la tauromaquia vean en estos ritos el fundamento de lo que dan en llamar fiesta nacional española, no solo me parece descabellado sino que una aberración. Pero para no levantar animadversión solo en la parte de toreros y admiradoras, tampoco me parece deporte el automovilismo en ninguna de sus acepciones, ni el motociclismo tampoco. Son elementos plásticos de la publicidad. Nada más.


Un poco como el primer Egipto en mitad del desierto que solo tenía enemigos naturales. Creta estaba en mitad del Egeo, entre Grecia y Egipto y un tanto apartada de las primeras rutas comerciales y por tanto de fuentes problemáticas. Aquellas que iban y venían del Paraíso Terrenal comprendido entre el Eúfrates y el Tigris por una parte y el Paraíso Acuático del Delta del Nilo.


Los cretenses permanecieron en paz y gracia de los dioses hasta que llegaron los aqueos, que son los culpables – o al menos se les culpa, que es otra cosa – de casi todas las maldades de la edad de bronce, con sus armas y sus dioses y sus costumbres. Se adueñaron de la isla y para justificar su conducta hicieron que en ella se criara Zeus y diera comienzo todo para nosotros.









[1] Hijos de Homero. Alianza Editorial. Madrid 2006. Págs. 33 y ss.

8.- La guerra como “perpetuum mobile”

Las batallas y/o guerras de antaño eran tan crueles como las actuales, es una materia que solo ha sufrido cambios estructurales y de material pero no la esencia de las misma. Creo que cuando el primate descubre que con un tronco o un hueso, puede agredir a un igual e incluso a un superior y salir airoso del trance, acaba de descubrir la propiedad privada y rápidamente se da cuenta que cuanto más cruel y sanguinario se muestre, mayor es el miedo que infringe y el éxito de su operación. A partir de ahí, solo incrementar el número de efectivos y ayudarse del terror para que no se produzcan tantas bajas sobretodo en su ejército. Avanzado el tiempo halla la justificación con sus deidades y entonces nada por lo qué preocuparse pues sus dioses eran más crueles y vengativos que ellos.


Las ciudades estado de la antigüedad (Sumeria, Egipto, Media, Persia, etc…) y por extensión las “polis” griegas, hacían la guerra entre ellas como una actividad más, algo cultural que les confería carácter amén de bienes de consumo y esclavos. Debían por tanto prepararse para la misma, transformándose así el entrenamiento para superar al vecino en el deporte exhibido en el entorno de los templos como una manifestación religiosa más. Veremos más adelante como la ciudad de Esparta es el epítome a tal efecto. Era pues algo normal y la paz un intermedio de alianzas, pactos, coaliciones y vuelta a empezar.


Hagamos abstracción de las imágenes que nos proporcionan las películas “de romanos” y retrocedamos dos mil quinientos (o cinco mil) años en la Historia, para meternos en una batalla donde los que combatían en primera línea eran los nobles y señores de la guerra, los excelentes, en la Hélade los “aristoi”, estos a quienes actualmente denominamos “jefes”, tan alejados de las batallas que las más de las veces ni aparecen por el campo al que siempre van de carne de cañón los mismos.

Estos nobles son los que pueden y tienen que prepararse diariamente, entreguerras, en los gimnasios o en los palacios, y así nace el deporte como entrenamiento para la batalla. Su propia vida les iba en ello.